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Conciencia letárgica del tiempo.*

Prendí el cigarrillo con la esperanza de que una gota perdida no me lo apague, mientras esperaba el colectivo. A unas cuadras, apareciendo de la nada, lo vi acercarse. Aguardé hasta que frenó frente a mí y tiré el pucho. —Hasta Lacarra —le indiqué al chofer. Sin mirarme, marcó veintidós pesos, que pagué apoyando la sube con desgano. Ahora, con el saldo en negativo, caminé hasta el fondo.  Ese día viajó mi cuerpo, no mi mente. Aletargado en el último asiento individual, me sumergí en mis pensamientos, en mi conciencia. Sentí que el tiempo no se movía dentro de ese bondi de la línea 394.  Estaba harto de entrar al trabajo a las ocho y media de la mañana, para salir a las dos de la tarde y volver a entrar a las cuatro y media, igual de cansado que al ingresar por primera vez, pero ahora saliendo a las nueve de la noche, cuando el sol ya no está y el frío se siente aún más, cobrando un sueldo miserable, que cada vez vale menos y que el forro de mi jefe no aumenta. Y el tiempo… y e...

La calle vacía.

Escuche el ruido de la puerta siendo golpeada desde el lado de afuera; un golpe, suave, y después otro, paciente. La puerta de chapa negra que da la calle, directamente a la vereda, sin patio delantero o una reja que separe el exterior de lo interno, quedando libre de ser golpeada por quien fuera, a la hora que fuera, con la intención que fuera.  Suelo desvelarme con facilidad. Hay veces que simplemente el sueño no llega, y otras que duermo, una, dos horas, y me despierto para no volver a dormir en quizás un día entero, a veces más, a veces menos. Recuerdo esa noche y el retumbar del sonido en la puerta haciendo eco en el silencio de la noche en la ciudad dormida. Recuerdo estar leyendo, recostado ya en la cama, esperando que el sueño se apodere de mí, si es que aparecía. Recuerdo el vaso vacío que yacía sobre la mesita de luz, esperando a ser rellenado de algún líquido amarillento, o tal vez transparente; no me importaba mucho el color, ni si era barato. El alcohol y el tabaco sol...

Mi vida, mi cielo, mi ángel, mi arena del mar.

Fui guardando todo lo que había dentro de esa vieja casa, hasta que en el medio del comedor me sentí mareado. Seguí metiendo recuerdos en grandes cajas de cartón sin darle importancia a ese leve dolor de cabeza y a ese latir en mis sienes. Guardé primero todo lo de la cocina, para después seguir con los recuerdos del living, que con tanto cariño ella guardaba. Con la suavidad de una pluma flotando al aire, fui dejando cada momento, por más pequeño que sea, dentro de una de las cajas, que cerré con sumo cuidado y marque como frágil. También guardé las fotos. Todavía no me acostumbro a ver su imagen plasmada en un rectángulo de papel de fotografía, con vida y a color, con anda a saber qué pariente al lado, sonriendo, hace ya tiempo.  Baje el viejo reloj de la pared con la intención de mandarlo a arreglar y lo dejé sobre la mesa. También arreglé la puerta y la gotera de la canilla del baño. Arreglé la persiana de la cocina y descolgué los cuadros. Todo esto mientras reunía el valor ...

La profundidad del campo.

Salí de mi casa con mi termo y el mate, una campera, un libro y no mucho más. Hacía frío. Agarramos la ruta y todo era campo amarillento, había muy poco verde para ser primavera. Los árboles yacían sin sus suaves hojas y la vacas ya no disfrutaban del verde del suelo. Lo amarillo, áspero y seco, era ahora lo que comían esos pobres animales. Los caballos corrían cansados de acá para allá, saltaban también, y relinchaban, y pastaban como las tristes vacas.  De a rato, atravesábamos un pueblo, sin gente, y después campo, hasta llegar a otro, para volver a internarnos en kilómetros y kilómetros del más aburrido y deprimente asfalto, sin autos, rodeado de campo amarillento. La música en el estéreo era lo único que me llevaba a un lugar en el que quería estar, hasta que dejaba de escuchar y volvía. Más bien sentía la música, porque no la entendía. Y las líneas del asfalto que me marean, al igual que el olor del auto y el encierro. Estoy incómodo en este asiento, trato de no volcar el mat...

Más allá del televisor.

El sonido del televisor al prenderse aún retumba en mi memoria. Estás sentado, con la mirada perdida en la lluvia blanca y negra de la televisión encendida sin señal. No me escuchas. El ruido blanco camufla mis palabras que se pierden en la inmensidad del poco espacio que nos separa, si es que los hay. A veces pienso que estás mirando más allá del televisor. Quizás sea mejor así. Quizás sea mejor que estés mirando a la pared, traspasando la tele, viendo la marca que dejó el aquel cenicero que me revoleaste una vuelta y no perdido en tu mente, o peor aún: en la nada. Armo las valijas. Primero meto las remeras, después las camisas, los pantalones, las medias. Intento alcanzar la ropa de invierno que está en el estante más alto. Pienso en pedirte ayuda. Camino al comedor y vuelvo a la pieza, con la mirada en el suelo y arrastrando una silla, como si fuese mi sombra. Me subo, bajo los abrigos y con ellos cae un álbum de fotos. Nuestro casamiento, cuando nació Juli, su primer año, nuestro...

Sueños que se queman en la noche.

Me sentí revivir con la sensación de una madrugada resacosa al despertar. Un hormigueo continuo dominaba mi cuerpo. Luego de un largo rato, donde mi conciencia iba y venía como si en un espiral perpetuo se encontrase, parecía volver en mí. Un ansiado y lento parpadeo hizo estremecer la inquietante inacción en la que se encontraba mi cuerpo, mi mente, y ahí el terror. El primer latido que expreso mi corazón aún retumba en mi cabeza. Los primeros pensamientos aparecieron como vehículos que se abultan en la ruta después del último día de un fin de semana largo; atormentados por el tráfico. Ya consciente de mi situación, intente mandar señales a mis extremidades que, desobedientes, permanecieron sin la mínima intención de moverse. Con los párpados abiertos de par en par, la oscuridad penetraba mis pupilas deshechas. Supe que el vicio de mi trastorno ya había acabado. Intenté gritar, pero mis cuerdas vocales seguían sin responder. Mis oídos recobraron su tarea, envolviéndome con el sonido q...

Mi fiel y viejo amigo.

Hasta los diecinueve años viví en Monte Grande. Pasé toda mi infancia y adolescencia en e sa ciudad. En este breve relato voy a narrar porque me vi obligado a volver después de pasar más veinte años viviendo en Ezeiza.            Hacía mucho tiempo que no recordaba esa época. Con el pasar de los años mi mente fue suplantando esos momentos con recuerdos de mi nueva vida, dejando atrás aquella vieja casa en la calle Uruguay. Pero en una noche del mes de julio del año 20… empecé con una retahíla de sueños vinculados con mi viejo hogar. Soñaba con mis padres, con mis hermanos, con los viejos muebles de esa casa, con la pequeña estantería llena de libros que tenía sobre mi cama, con mi vieja guitarra, con mis perros, con el único gato que tuve, con mi abuela. En la mayoría, yo era quien caminaba, yo era quien sentía la nostalgia de esa vida pasada, la añoranza y el resentimiento.  Decidí volver cuando tuve un extraño sueño una noche de martes; Una se...

Relojes que no marcan la hora.

Estaba esperando el colectivo. Era feriado. Es increíble lo que tardan en llegar los colectivos cuando es feriado, o cuando es domingo. Por lo menos llegan vacíos, o casi vacíos. Y más si es de madrugada, como ese día que estaba esperando el colectivo. Hacía frío, tanto frío que el humo que salía de mi boca también lo sufría. Pocas almas esperan en la parada a las seis de la mañana, un colectivo que tarda en llegar, un feriado, con un chofer siempre malhumorado que ni se gasta en saludar, solo aprieta los botones y te cobra el boleto, que cada vez está más caro. Ese día habrá tardado más de una hora en llegar. Hubiese preferido que no llegará nunca, y quedarme ahí, parado bajo el techo que me cubría del rocío, viendo como los árboles le gritaban a los pájaros que se callen, para poder seguir durmiendo un rato más. Pero finalmente, a lo lejos, vi el 394 que venía lento y tímido acercándose a la parada. Estaba casi vacío, efectivamente, el chofer estaba del orto y el boleto un poco más c...

Una noche más de insomnio.

Siempre me gustó caminar en el frío de la noche, despacio y sin apuro. Me fui sacudiendo la culpa a medida que me alejaba. Deje lo más rápido que pude el lugar, sin darle importancia a nada. Solo me fui, dejando atrás a un hombre que ya no existe y a un cuerpo vacío rodeado de flores. L a luz blanca que iluminaba el lugar me helaba la piel y las plantas de plástico que simulan vida me parecieron absurdas. En el silencio se podía escuchar a la muerte riéndose de la angustia que sienten los vivos. – En algún momento, todo se va, todo vuelve a su lugar – Pensé. En esta vida incongruente, mi comodidad está en el triste eco de la soledad. Siempre me veo obligado a recaer en el sentimiento de domingo que tanto incomoda en la ciudad gris, plana y fría en la que vivía. – A veces es necesario escapar cuando todo a tu alrededor se rompe – Me dije, tratando de no llorar. Mi sombra se estiraba y se achicaba, se deformaba, se escondía, hasta ella me soltó la mano. Mi mente iba y venía también, si...