Conciencia letárgica del tiempo.*
Prendí el cigarrillo con la esperanza de que una gota perdida no me lo apague, mientras esperaba el colectivo. A unas cuadras, apareciendo de la nada, lo vi acercarse. Aguardé hasta que frenó frente a mí y tiré el pucho. —Hasta Lacarra —le indiqué al chofer. Sin mirarme, marcó veintidós pesos, que pagué apoyando la sube con desgano. Ahora, con el saldo en negativo, caminé hasta el fondo. Ese día viajó mi cuerpo, no mi mente. Aletargado en el último asiento individual, me sumergí en mis pensamientos, en mi conciencia. Sentí que el tiempo no se movía dentro de ese bondi de la línea 394. Estaba harto de entrar al trabajo a las ocho y media de la mañana, para salir a las dos de la tarde y volver a entrar a las cuatro y media, igual de cansado que al ingresar por primera vez, pero ahora saliendo a las nueve de la noche, cuando el sol ya no está y el frío se siente aún más, cobrando un sueldo miserable, que cada vez vale menos y que el forro de mi jefe no aumenta. Y el tiempo… y e...