Mi vida, mi cielo, mi ángel, mi arena del mar.
Fui guardando todo lo que había dentro de esa vieja casa, hasta que en el medio del comedor me sentí mareado. Seguí metiendo recuerdos en grandes cajas de cartón sin darle importancia a ese leve dolor de cabeza y a ese latir en mis sienes. Guardé primero todo lo de la cocina, para después seguir con los recuerdos del living, que con tanto cariño ella guardaba. Con la suavidad de una pluma flotando al aire, fui dejando cada momento, por más pequeño que sea, dentro de una de las cajas, que cerré con sumo cuidado y marque como frágil. También guardé las fotos. Todavía no me acostumbro a ver su imagen plasmada en un rectángulo de papel de fotografía, con vida y a color, con anda a saber qué pariente al lado, sonriendo, hace ya tiempo.
Baje el viejo reloj de la pared con la intención de mandarlo a arreglar y lo dejé sobre la mesa. También arreglé la puerta y la gotera de la canilla del baño. Arreglé la persiana de la cocina y descolgué los cuadros. Todo esto mientras reunía el valor necesario para volver a entrar en esa habitación oscura. Una puntada constante en mi cabeza, acompañaba mi andar, el mareo parecía eterno, igual que el dolor, y un ardor en la parte superior de mi brazo, hacía metástasis por cada centímetro de este.
En una cajita de lata fui recolectando recuerdos para no olvidar: Guardé un perfume que me pareció, era el suyo, aunque no recuerdo su aroma, guardé una de las tantas tardes en la que jugamos a las cartas, aunque no recuerdo su risa y una flor de su malvón naranja, que deje para que se seque entre las páginas de una biblia de bolsillo que también guardé, en la cajita de lata donde ella solía guardar las cosas para coser.
En el resto de la casa no quedaba nada; el mueble del living, la cocina, la heladera, la mesa, los sillones y todas las demás cosas, ya estaban guardadas en el flete, esperando saber su destino. Con un agujero en el pecho y un nudo en la garganta, me dejé golpear por la angustia de su recuerdo, ni bien abrí la puerta de su pieza. El dolor me aturde. Siento que mi cuerpo se enfría y mi frente arde. Sigo mareado. Tambaleé hasta quedar sentado en los pies de la cama. Lo que más me jodía era el dolor en el brazo, que también ardía, y ya casi no lo podía mover. El entumecimiento era tal, que se endureció como una piedra, o un cadáver, y se empezó a teñir de un violeta medio, amarillento y verdoso. Su pieza seguía igual a la última vez que la vi postrada en esa misma cama: En una de las mesitas de luz había pastillas y medicamentos, y en la otra una virgencita y sus lentes rotos y viejos, a un lado de la cama el pie para colgar el suero y al otro un mueble estilo biblioteca donde guardaba más recuerdo y un par de peluches viejos. El mueble con su ropa me miraba callado y la mecedora en la que se sentaba, cada vez que podía, yacía inmóvil en una esquina.
Me recosté y tapé con una frazada a cuadros, amarillos y negros, con la misma que se tapaba ella, la misma que ponía sobre sus pies cuando se sentaba en su reposera a tomar mates. La claridad del cielo y el brillo del sol, entorpecen mi vista. Estoy descalzo. La arena caliente no parece querer quemar mis pies. El agua está calma. Creo que no hay nadie alrededor, o por lo menos nadie cerca. Tengo una caja en las manos, puedo sentir el frío de la lata. Es de un marrón medio amarillento, medio ocre. Paso mis dedos sobre ella y siento el relieve del dibujo de la tapa; hay un pequeño ciervo, acostado, y uno más grande junto a él, un árbol de verdes hojas, que parece un bonsái, un malvón naranja, como el suyo, y sobre el cielo, un sol plateado lata, sin pintar. Como sueño parecía curioso porque la suave brisa que acariciaba mi piel, parecía una mano, y el ruido del mar, un leve sollozo.
En la oscuridad miré el techo. Lágrimas saladas recorrían mi cara. El reloj que descolgué, parecía estar soñando, y su tic tac retumbaba en mi cabeza, que a la vez late, y con cada latido una puntada de dolor se clavaba en mis sienes, y la angustia en mi corazón como un puñal que se retuerce a la vez que perfora el vacío de mi alma. Con suavidad corrí la manga de mi remera y mi brazo, enfilmado, parecía querer reventar. Intenté cortar el film y liberar mi brazo y su dolor, pero el dolor me llevó de nuevo a la playa.
El silencio me preocupa. En la arena se marca un pasillo que lleva al mar y, lentamente, camino hacia el mar que con temor se altera, y las olas crecen y el viento es cada vez más áspero. La soledad sigue marcando mi paso lento, y la caja late en mis manos. A lo lejos la veo, con un vestido tan blanco como la nieve, y no entiendo lo que hace; creo que me llama, pero su voz se pierde en el espacio que nos separa. No puedo dejarla sola.
Tenía calor, pero el frío no dejaba que me destape. Mi brazo seguía doliendo, y un par de palabras entintadas sobre él me traen tu recuerdo. “Mi vida, mi cielo, mi ángel, mi arena del mar.”
Otra vez me veo parado en la orilla. El agua cubre mis pies, para después dejar que se enfríen con el viento. Ya no la veo. Creo que se metió en el fondo del mar, o se perdió en el cielo, o en el punto exacto del horizonte difuminado donde estos se juntan. Tengo el incesante impulso de abrir la caja de lata que tanto protejo entre mis manos tristes; acá mi brazo no duele, nada duele, ni tu ausencia. Las cenizas vuelan y se dispersan en el aire y mi alma se pierde en ellas, en cada punto de polvo gris que flota y se combina con el celeste del cielo y el blanco de las nubes claras, acompañando su vuelo. Y el fondo del mar me llama, y el celeste del cielo me entristece. Me pierdo en ella y en su recuerdo. Me pierdo en el silencio que inunda esta casa vacía, me pierdo en el tiempo y en las plantas sin regar, y en su reloj viejo. Y todavía quedan cosas vacías y un par de recuerdos por guardar en esta fría caja de lata.