Relojes que no marcan la hora.
Estaba esperando el colectivo. Era feriado. Es increíble lo que tardan en llegar los colectivos cuando es feriado, o cuando es domingo. Por lo menos llegan vacíos, o casi vacíos. Y más si es de madrugada, como ese día que estaba esperando el colectivo. Hacía frío, tanto frío que el humo que salía de mi boca también lo sufría. Pocas almas esperan en la parada a las seis de la mañana, un colectivo que tarda en llegar, un feriado, con un chofer siempre malhumorado que ni se gasta en saludar, solo aprieta los botones y te cobra el boleto, que cada vez está más caro. Ese día habrá tardado más de una hora en llegar. Hubiese preferido que no llegará nunca, y quedarme ahí, parado bajo el techo que me cubría del rocío, viendo como los árboles le gritaban a los pájaros que se callen, para poder seguir durmiendo un rato más. Pero finalmente, a lo lejos, vi el 394 que venía lento y tímido acercándose a la parada. Estaba casi vacío, efectivamente, el chofer estaba del orto y el boleto un poco más caro que la última vez que me subí a uno.
En los asientos de atrás, había un señor acostado, luchando para no caerse con el movimiento del bondi. Me senté en el último asiento individual, pensando que este señor, que supuse estaba borracho, podría caer y claramente lastimarse. Después de cuatro o cinco paradas, el que yacía, se levantó; sentándose lo más erguido que pudo. Su cabeza estaba cubierta con una bufanda, que hacía las veces de velo, ocultando su rostro. Me pregunto la hora y cuanto faltaba para llegar a la estación. Todavía faltaba, así que para matar el viaje me contó su historia. Llevaba meses viviendo en la calle, en la plaza o donde encontrara un lugar para dormir. Comía lo que encontraba en la basura. Así vivían él y su amigo Pachi. Me contó que lo conoció en la estación, una noche de verano. Me dijo que estaba cagado en guita. Que tenía varios autos y casas que alquilaba, a precios irreales, a personas que quizás no comían bien por semanas para poder pagar el alquiler. Pero le dijo que prefería vivir en la calle para que nadie lo encontrara y vivir así, camuflado, a salvo. No me supo decir de quien se ocultaba ese tal Pachi, o si mentía o si decía la posta. Él le creía, y listo, le parecía lógico. A mí me pareció una simple historia inventada por un loco que perdió la cabeza en el alcohol y en la calle.
El colectivo llegó a la estación, bajamos los dos. Me preguntó si quería conocer a su amigo. Me quedaba de pasada, así que lo acompañe. Y ahí estaba, sentado en el túnel que lleva al segundo andén; con una lata que tenía un poco de cambio en su interior, su ropa raída y sucia, al igual que su pelo y su cara. Cuando le di la mano, vi que de su muñeca colgaba uno de esos relojes caros, que intentó ocultar bajo su tapado gris lleno de tierra. Era uno de esos relojes que tranquilamente podría tener el valor de un auto o de una casa medio pelo.
Entonces comprendí que el borracho no mentía. Y me senté con ellos, a tomar algo y a mirar como pasa la gente, esperando a ver, si por esas casualidades de la vida, ligaba unos mangos.