Más allá del televisor.
El sonido del televisor al prenderse aún retumba en mi memoria. Estás sentado, con la mirada perdida en la lluvia blanca y negra de la televisión encendida sin señal. No me escuchas. El ruido blanco camufla mis palabras que se pierden en la inmensidad del poco espacio que nos separa, si es que los hay. A veces pienso que estás mirando más allá del televisor. Quizás sea mejor así. Quizás sea mejor que estés mirando a la pared, traspasando la tele, viendo la marca que dejó el aquel cenicero que me revoleaste una vuelta y no perdido en tu mente, o peor aún: en la nada.
Armo las valijas. Primero meto las remeras, después las camisas, los pantalones, las medias. Intento alcanzar la ropa de invierno que está en el estante más alto. Pienso en pedirte ayuda. Camino al comedor y vuelvo a la pieza, con la mirada en el suelo y arrastrando una silla, como si fuese mi sombra. Me subo, bajo los abrigos y con ellos cae un álbum de fotos. Nuestro casamiento, cuando nació Juli, su primer año, nuestro aniversario, la vez que fuimos a la costa con el auto que nos prestó tu viejo. Miro las fotos que guarde con tanto aprecio en los folios plásticos de ese cuaderno verde gastado, que atesore por tantos años. Y ahora, sin remordimiento, lo dejo sobre la cama, mientras cierro las valijas. Ahora los recuerdos están desparramados en el suelo, sobre la alfombra vieja que no llegaste a cambiar.
Preparo el té. Agarro del mueble, dos tazas, esas que mandamos a hacer con las caras de nuestras mascotas, y el tarro, que me regalo mi vieja, donde guardo el azúcar. Endulzo uno como te gusta a vos, como si lo fueras a tomar, y lo dejo en la mesita del living, entre vos y la tele. Paso suavemente frente a tus ojos, que no emiten respuesta, mi mano arrugada. Me siento al lado tuyo, en el viejo sillón que compramos cuando nos mudamos juntos, hace ya veinte años, y que lo conseguimos usado en el compra y venta sobre la calle Olavarría. Me hundo en él. Me dejo caer cansada a tu lado, dejo caer mi alma, suplicante, junto a la tuya que me ignora, que ni me mira, que ni me siente.
Miro la tele, la interferencia y me pierdo en ella. Nuestro disco preferido suena de fondo. Yo te miro, mientras prendes un pucho y me devolvés la mirada, todo es eterno. No había nacido, nos mudamos hace unos meses. Por fin éramos libres y no supimos aprovechar esa falsa libertad. En verdad, no aprendimos a vivir, o tardamos demasiado en aprender, y ahora ya es tarde. Me pasas una copa de vino y me pregunto si vos pensás en mí como yo pienso en vos. Cambio de canal. Nos conocimos. Vos estudiando abogacía, yo en letras. Nos cruzamos en una joda de un amigo en común. El olvido me llevo hasta ese lugar, sin saber qué hacer, sin saber donde ir, y te vi; fuiste mi brújula, mi orden.
Pero la tele cambio sola de canal. Juli, ya se fue de casa, cansado de las discusiones, de la violencia. Ya no sé cómo tratarte para que no te enojes. Prefiero estar encerrada en la pieza escuchando ese disco que tanto nos gustaba, ese mismo que está sonando de fondo. Creo que te tengo miedo, te tengo miedo y me refugio en mi misma, en mis libros, en la música. Espero que esta noche no llegues borracho de nuevo. No puedo pensar en otra cosa.
El cambio en la interferencia me lleva a otro lado. Nos volvimos dos desconocidos y nuestras almas ya no encajan a la perfección. Ahora solo quedan un par de fotos miserables de nuestro amor, qué penas puedo mirar. Quizás solo éramos eso; dos almas rotas que se miraban entre tanta interferencia y acabaron encontrándose la una a la otra, perdiendo toda señal en el camino.
En mi mente, giro la cabeza y te veo; estás sentado en el sillón, viendo la tele. Cambias frenéticamente de canal. En ese tiempo no había interferencia. Ahora, los puntos negros que sé esparcen como hormigas sobre el azúcar blanca que se desparramó cuando dejé caer el tarro ayer, te tienen en trance. Y yo, que miro expectante, siento que me pierdo dentro de esta vieja tele a tubo, esperando encontrar una salida, como la que encontraste vos, hace ya tiempo.