Una noche más de insomnio.

Siempre me gustó caminar en el frío de la noche, despacio y sin apuro. Me fui sacudiendo la culpa a medida que me alejaba. Deje lo más rápido que pude el lugar, sin darle importancia a nada. Solo me fui, dejando atrás a un hombre que ya no existe y a un cuerpo vacío rodeado de flores. La luz blanca que iluminaba el lugar me helaba la piel y las plantas de plástico que simulan vida me parecieron absurdas. En el silencio se podía escuchar a la muerte riéndose de la angustia que sienten los vivos. En algún momento, todo se va, todo vuelve a su lugar – Pensé. En esta vida incongruente, mi comodidad está en el triste eco de la soledad. Siempre me veo obligado a recaer en el sentimiento de domingo que tanto incomoda en la ciudad gris, plana y fría en la que vivía. – A veces es necesario escapar cuando todo a tu alrededor se rompe Me dije, tratando de no llorar.

Mi sombra se estiraba y se achicaba, se deformaba, se escondía, hasta ella me soltó la mano. Mi mente iba y venía también, siempre con la paranoia del que huye, pero ya la tenía desde antes. Conozco cada calle de mi barrio, cada recoveco, como si de mi propia mano se tratase. Estaba seguro de que no me iba a encontrar, nadie me había visto. A eso de las tres de la madrugada llegué a mi casa, con la terrible necesidad de tomar algo para olvidar. Somnoliento, ebrio y temeroso, me fui a descansar, como un león que lame sus heridas después de dar caza a otro ser vivo. 

El brillo de la luz del sol, a primera hora de la mañana, entró por la ventana, pinchando mi cabeza con sus rayos. Los síntomas de una resaca se manifiestan en mí, ni bien abrí los ojos. Los recuerdos de la noche anterior se mezclan en imágenes borrosas, como si las hubiera vivido otra persona hace mucho tiempo. Tal vez hace días, meses o incluso años. Ni siquiera pude recordar la última vez que estuve sobrio, ni siquiera pude recordar la última vez que de verdad me sentí con vida. Estaba escuálido, parecía un esqueleto y quedé tirado cerca de mi muerte, después de ser abandonado, más atormentado por mis pecados en vida, que por lo que me esperaba después de esta. A primera hora de la mañana del día antes de mi partida, ya no temía que me encontrara con la luna, a media madrugada.


Ya no sé cuánto tiempo llevo tirado en esta cama. Fácilmente, podrían ser minutos, horas o incluso días. Mi mundo son estas cuatro paredes, que me escuchan sin levantar la mirada, y el cielo es un techo de losa gris que fácilmente podría aplastarme. Afuera, en el silencio total, la ciudad parece dormir, pero en realidad deambula descalza en los sueños de un poeta vagabundo que encontró la libertad de su alma en las líneas de estos textos. El apagado movimiento de mi pecho al respirar y el triste latido de mi corazón, me hacen saber que aún estoy vivo. Hacía poco tiempo desde que salí del hospital; estuve al borde de la muerte, bailando con una enfermedad a causa de mis adicciones, afiebrado y delirante, moribundo, casi en el olvido. Un día me senté a escribir en mi vieja computadora, ignorando la desidia, con una taza de café (o tal vez otra copa de vino), esperando que algo salga de mi cabeza y quede plasmado en esa página en blanco que tanto me atormenta. Todos los recuerdos de esa tarde siguen tras un manto de humo espeso difícil de descifrar. Recuerdo estar escribiendo un relato sobre la vida de un joven poeta y las adversidades que tuvo que pasar para lograr ser un escritor consagrado. Sentí que había alguien en la habitación, observando en la oscuridad cada uno de mis movimientos.

Un frío penetrante se hizo presente, dejando mi alma helada, el terror se apoderó de ella. Alguien vino a buscarme, reclamando mi ausencia. La invité a pasar y puse la pava para tomar unos mates. La estaba esperando hace tiempo, se le hizo tarde. Ahora no me puedo ir. Decepcionada, busca una explicación, pero no la hay; ya no quiero morir, tampoco quiero vivir. Estoy condenado a morir en vida, a no estar ni vivo, ni muerto, solo existiendo, como un ente vacío que de a poco deja de importarle al mundo. Un ente que no sueña, que no duerme y que la única forma de acelerar su fin son los vicios. Pequeños placeres que calman el dolor, pequeños placeres que aceleran el tiempo. El sudor en las manos, la sensación de hormigueo, la respiración agitada y el mareo incesante, son inminentes. Es solo cuestión de tiempo. En algún momento, mi cuerpo va a desistir de esta vida insulsa, liberando mi alma. Espero no quedarme por mucho tiempo en este mundo donde habitan los que no están, los que dejaron de existir, los que buscan libertad. Lentamente, el frío fue disipando, dejándole el paso a la soledad. 

Y ahí está ella, tan real, tan asustada. Esperando en una habitación oscura, sola. Deje de dormir para no enfrentarla, pero está ahí todas las noches, como un cadáver en el placard. Pienso en ella, recorriendo descalza los oscuros caminos de la soledad, tranquila, como si el miedo solo existiera en mi mente. Pienso si necesitara compañía, como la estoy necesitando en este momento. Quisiera estar con ella, tomando mates, jugando a las cartas, pero tal vez necesita viajar sola, sin rumbo hacia el infinito, esperando un eterno momento de paz, sin dolor, sin sufrimiento, en el insomne final de la vida. 

Volví a buscarte.


¿Qué fue lo que te pasó para que estés tan muerto por dentro? Me pregunté a mi mismo tratando de entender cómo me sentía. Eran las once y cuarenta de la noche, estaba esperando el último tren del día en la estación ya desolada de la ciudad donde solía vivir. Era una noche oscura y fría. A la vista no había ningún alma, solo un par de ratas que correteaban por el andén, peleando por un pedazo de pan. Me prendí un cigarro para pasar el tiempo, todavía faltaban algunos minutos para que el tren llegue y poder huir a una ciudad que no es la mía, pero tampoco tuya. El silencio de esta noche solitaria me susurra tu nombre. No pude encontrarte.

El estruendo del tren llegando me sacó del trance en el que me encontraba. Me pasé la mayor parte del viaje mirando por la ventanilla, inmerso en mis recuerdos. Mire a mi alrededor, y vi mi mundo, mi realidad: tengo una guitarra que tal vez nunca más vuelva a sonar, un par de poemas que van a quedar sin terminar, cartas que nunca me decidí a enviarte; Sentí una profunda melancolía que me hizo sonreír. El tren se detuvo en la terminal, en la última parada al final del recorrido. Baje y camine hasta mi casa. En el camino la pregunta seguía resonando en mi mente. ¿Qué fue lo que te pasó para que estés tan muerto por dentro? Si me pusiera a enumerar todas las cosas que me trajeron a este momento, pasaría la eternidad recordando tu cara, tu casa y el anhelo de un amor que no muere con el tiempo.

Llegué y en mi casa todo estaba desordenado. Mire el reloj, eran la una y media de la madrugada. Fui al baño y abrí la ducha con el agua caliente al máximo. Habré estado veinte minutos, aproximadamente, bajo del agua, tratando de despejar la cabeza. No sirvió. Mientras me secaba, el vapor de la ducha no dejaba que mire mis ojos empañados en el espejo. Ojos fríos y enrojecidos. Ya no puedo mirarme de frente, mirarme a los ojos sin sentir que te perdí. Salí del baño, el desorden seguía ahí, pero ya no me molestaba. Fui a mi pieza, y me quedé sentado en la cama con la mirada perdida en el cielo y la pregunta que aún daba vueltas en mi cabeza. ¿Qué fue lo que te pasó para que estés tan muerto por dentro? Entre todos mis recuerdos busque algo para aferrarme y que sea lo último que proyecte mi mente, y otra vez me encontré con tu mirada, me encontré con tus ojos que me suplicaban que me vaya, que salga corriendo es esa habitación cansada. En eso recordé que había algo más profundo que solo una mirada; sentí como me abrazaba tu tristeza. Debían ser las tres de la madrugada, pero el tiempo parecía haberse detenido hace rato, aunque seguía escuchando el sonido del reloj, mientras mi cuerpo iba cayendo lentamente. Es hermoso sentir caer algo con tanta suavidad, como si fuese una pluma al viento, pero inevitablemente llega el silencio, la soledad. 

Otra vez pienso en ella, caminando descalza hacia la libertad.