Sueños que se queman en la noche.

Me sentí revivir con la sensación de una madrugada resacosa al despertar. Un hormigueo continuo dominaba mi cuerpo. Luego de un largo rato, donde mi conciencia iba y venía como si en un espiral perpetuo se encontrase, parecía volver en mí. Un ansiado y lento parpadeo hizo estremecer la inquietante inacción en la que se encontraba mi cuerpo, mi mente, y ahí el terror. El primer latido que expreso mi corazón aún retumba en mi cabeza. Los primeros pensamientos aparecieron como vehículos que se abultan en la ruta después del último día de un fin de semana largo; atormentados por el tráfico.

Ya consciente de mi situación, intente mandar señales a mis extremidades que, desobedientes, permanecieron sin la mínima intención de moverse. Con los párpados abiertos de par en par, la oscuridad penetraba mis pupilas deshechas. Supe que el vicio de mi trastorno ya había acabado. Intenté gritar, pero mis cuerdas vocales seguían sin responder. Mis oídos recobraron su tarea, envolviéndome con el sonido que genera la brisa al sacudir levemente los árboles. También escuchaba el juguetear de los gatos unos pocos metros sobre mí. Mis sentidos luchaban por despertar y volverse pensamientos.

De a poco, el tacto fue apareciendo, como también el sol. La suavidad de mis frazadas y los primeros rayos del día, entrando por mi ventana, me ubicaron en un lugar que conocía a la perfección. De a poco, desenfocados y a lo lejos, fueron apareciendo los muebles que descansaban alrededor de mi pieza.

Seguía sin poder moverme, o más bien, seguía con el temor a intentar y fallar. Permanecí varios minutos más sin la mínima intención de salir de esa quietud en la que me encontraba. Pase de intentar gritar, nadie me escucharía. A lo sumo algún vecino llamaría a la policía y estos, a estas horas de la mañana, se harían los dormidos.

En la penumbra, presencie como la puerta de mi pieza se entornaba lentamente. El miedo volvía a recorrer mi cuerpo como la fiebre, esa fiebre que casi me mata hace un par de horas. El fino haz de luz se fue ensanchando hasta iluminar todo lo que tocaba. Y ahí la vi; alta, pelo negro, blanca como la tiza. Se acercaba a mí con su brazo extendido, buscando mis pies que aún yacían adormecidos. Al miedo a intentar se lo comió el terror a esa mujer. Por más que quise moverme, por más que quise gritar, otra vez, no lo conseguí. Por mi cara sentí correr una lágrima y cuando sus dedos se posaron sobre mí, un frío sepulcral recorrió cada centímetro de mi cuerpo anestesiado, reviviendo así, el sueño de esa misma noche.


Desde muy corta edad descubrí que tengo el “poder” de atestiguar y presenciar la vida de personas cercanas a mí, mediante sueños o más bien pesadillas. Generalmente es aburrido. Duermo de noche, como el común de las personas, por lo tanto, paso horas viendo cómo duermen, cómo sueñan. Lo peor es cuando alguien sale un fin de semana; las luces, los gritos, el alcohol. Me despierto cansado, a veces comparto la resaca.

Descubrí estas visiones oníricas cuando tenía siete, tal vez ocho años. A lo largo de este tiempo pude ver muchas vidas, y como se cagan otras. Tengo el recuerdo de una noche de pleno verano. Estoy en lo que creo que es un bar. A los recuerdos de esos tiempos, mi mente se encargó de... alivianarlos. Veo a mi madre sentada en la barra. Toma algo de una copa, que mezcla con suavidad. Recuerdo pensar que la aceituna del trago parecía una balsa en alta mar, que iba y venía con el oleaje, golpeando con delicadeza su madera, húmeda y mohosa, de pequeño navío. Ella mira su reloj, con tranquila impaciencia. Se le estaba haciendo tarde a mi padre y ella esperaba, supuse. Unos cuantos minutos después, llega él: alguien que varias veces estuvo en mi casa, alguien a quien trataba de tío, alguien en quien mi padre confiaba ciegamente, su mejor amigo, y amante de mi madre. Esa noche vi todo lo que tenía que ver, y, lamentablemente, lo que no debía, también.

A los días, dormía una siesta. Mi padre había abandonado mi casa. Yo me quedé con mi madre; algo que hoy en día no me perdono. Lo vi sentado en el suelo del cuarto de hotel donde se quedaba. Hotel, chico, barato, de mala muerte. Estaba rodeado de botellas de vino vacías. Sus ojos se ahogaban en sí mismos y la rabia florecía de ellos. A un par de metros tenía una caja de zapatillas cerrada. En ese momento no hubiese imaginado que de su interior sacaría un viejo revolver, y como se descorcha una botella de vino barato, se voló la cabeza.

A mis veinte, presencie los últimos minutos de mi abuela; yo, en mi cama, soñando, y ella, en el hospital, perdiendo contra el cáncer.

Pero ahora, todo devino entre el viernes veinticuatro de junio y el domingo veintiséis del mismo mes. La primer noche, soñé con un hombre que nunca había visto, o por lo menos no lo recordaba. Tenía cara de pocos amigos, el pelo corto y canoso. Conducía un auto que sufría el desgaste del tiempo. Iba a una velocidad normal, como si no tuviese apuro. Recorría una avenida todavía medio oscura, casi vacía. Las luces de la calle lo acompañaban calladas. No estaba en mi barrio, cuando tengo estos sueños, suelo ver la vida de personas cercanas a mí, o que veo con frecuencia, por lo tanto, siempre todo transcurre en mi barrio o en monte grande, no más lejos. No pude reconocer el lugar. En el asiento de atrás, una chica joven miraba por la ventana. Tampoco la conocía. Supuse que tenía mi edad, tal vez menos. Parecía un viaje en remis como cualquier otro. Al cabo de media hora, aproximadamente (es difícil tener una noción del tiempo acertada cuando se está soñando) la pasajera, súbitamente inquieta, reclamó al que manejaba un desvío poco habitual en el recorrido hacia su casa. El chofer no corrió la vista de la calle en penumbras, ignorando completamente la exigencia de la joven. Vaya uno a saber cuántos kilómetros recorrieron antes de que el auto detuviera su marcha. No puedo imaginar el terror que sintió cuando el hombre bajó y rodeo el auto para abrir violentamente la puerta, pobrecita. Buscando una escapatoria, se lanzó contra la puerta contraria. Por más fuerte que tiró de la manija, la puerta no cedió y un trapo empapado cubrió su rostro. Me desperté en ese instante. La cara de desesperación de la chica quedó grabada en mis ojos. No pude volver a dormir. Llame a la policía e intente explicar lo que pasaba, lo que soñé, pero no me creyeron.

Al otro día, tarde noche de sábado, no podía dejar de pensar en ella, en lo que pasó, y en lo que podía llegar a pasarle. Estaba sentado en el escritorio de mi habitación. Los párpados me pesaban. No podía dejar de bostezar. Algo me llamaba a dejar ese letargo y sumergirme otra vez en el sueño. Me dormí sobre la mesa. Estaba en lo que parecía una cocina. Todo a mi alrededor estaba sucio y engrasado. El mismo hombre de la noche anterior, tenía en las manos una gallina ya decapitada. Como si nada, le quitó una a una todas las plumas, dejándola con la piel expuesta. La cerceno con una cuchilla oxidada y tiró todo a una olla con agua hirviendo. Pasó cuarenta minutos frente a una vieja televisión a tubo. Parecía perderse en ella, como si nada pasara. Volvió a la olla y sirvió el pollo en un plato de aluminio para después caminar hasta una habitación que esperaba a oscuras. Cuando prendió la luz pude verla. Ella estaba ahí, amordazada, atada al respaldo de la cama, desnuda y temblando. Bruscamente salí del sueño. Ahora más asustado que antes. Desesperado volví a llamar a la policía, pero no hubo caso.

Intente dormir tomando unas pastillas que tenía guardadas en el fondo de un cajón que no se abría hace tiempo. No funcionaron. Estoy en mi cama, giro para un lado y para el otro. No logro aminorar mis pensamientos, que me persiguen, que me encuentran, y traen a esa joven, la ponen frente a mí y no la puedo ayudar. No sé que hora era cuando logre, por fin, dormirme. Era de noche y sentía el frío del pasto debajo de mis pies. Veo una cucha de un perro, que al parecer no está, un galpón hecho de chapas con la puerta cerrada con una firme cadena, veo a un hombre parado y frente a él una sabana blanca sobre el piso. El lugar estaba rodeado de estructuras grandes y grises, que supuse eran fábricas. Algunas dormían abandonadas, otras murieron sin ser terminadas. Tarde unos segundos en entender lo que pasaba: Ella, la joven que no pude ayudar, la mina blanca, alta, de pelo negro, yacía bajo ese pedazo de tela. Él la roció con, vaya a saber uno qué porquería, y dudó unos minutos antes de sacar un encendedor de su bolsillo y dejarlo caer suavemente sobre el cuerpo cubierto de su víctima. El fuego no tardó más que unos segundos en recorrer cada centímetro de su cuerpo y un frío sepulcral recorrió cada centímetro del mío.

Deje de soñar. Y ahora, diez años después, cuando duermo, puedo ver las llamas reflejadas en los ojos parcos de un asesino y una sonrisa sádica que se desprende de su rostro, y un cuerpo que se va consumiendo, centímetro a centímetro, por el fuego.