Mi fiel y viejo amigo.
Hasta los diecinueve años viví en Monte Grande. Pasé toda mi infancia y adolescencia en esa ciudad. En este breve relato voy a narrar porque me vi obligado a volver después de pasar más veinte años viviendo en Ezeiza.
Hacía mucho tiempo que no recordaba esa época. Con el pasar de los años mi mente fue suplantando esos momentos con recuerdos de mi nueva vida, dejando atrás aquella vieja casa en la calle Uruguay. Pero en una noche del mes de julio del año 20… empecé con una retahíla de sueños vinculados con mi viejo hogar. Soñaba con mis padres, con mis hermanos, con los viejos muebles de esa casa, con la pequeña estantería llena de libros que tenía sobre mi cama, con mi vieja guitarra, con mis perros, con el único gato que tuve, con mi abuela. En la mayoría, yo era quien caminaba, yo era quien sentía la nostalgia de esa vida pasada, la añoranza y el resentimiento.
Decidí volver cuando tuve un extraño sueño una noche de martes; Una señora lloraba desconsoladamente. Estaba recostada en una cama, rodeada de gente, y ella lloraba. Tímidamente, me acerqué y miré sus ojos perdidos. Quería hablar y no pude, quería llorar con ella y no pude. Una sombra a lo lejos me gritaba que no me acerque, que no le hable a la señora. Lentamente, se movía hacia mí. Su presencia amilanó mi cuerpo, que dejó de responder. Este se paró enfrente mío, creí que iba a matarme, pero me pidió ayuda. Lo más extraño de este sueño, es que la mujer que yacía en la cama no era un familiar lejano, ni una conocida, nada. Podría jurar que fue un simple invento de mi cerebro adormecido.
Creí que alejándome podría olvidar, dejar atrás el pasado. Pero no fue así. Siguiendo el pedido de este ser onírico, me decidí a volver. Pasé todo el viaje tratando de recordar cada cumpleaños, cada navidad y quien era esa extraña mujer. Encuentro algo hermoso en recordar viejos momentos de la vida. De alguna manera, mi mente busco llegar antes que mi cuerpo físico a ese lugar, tratando de anticipar una situación por lo menos extraña, una combinación de realidad y pesadilla, que cada vez que la recuerdo, me eriza la piel.
Caminé hasta la estación de Ezeiza, Tomé el tren a Constitución y bajé en Monte Grande. Todo seguía igual. Al salir, vi el tanque de agua característico de la ciudad. Habían pintado en él un imponente mural. Los elementos representados por cuatro titanes sostenían una rosa de los vientos.
El colectivo seguía haciendo el mismo recorrido de varios años atrás, me llevó directamente a mi infancia. El lugar cambió; las calles estaban asfaltadas, no había pibes jugando a la pelota y el quiosco de a mitad de cuadra había cerrado, una lástima lo que le pasó a Graciela, la señora que lo atendía. Me sentía como un extranjero. Un leve mareo acompañaba mi andar, como si estuviera caminando entre sueños, sin duda alguna, eran secuelas de esa enfermedad que me tuvo postrado varios días sin distinguir entre la vida o la muerte, el cielo o el infierno, la añoranza o el resentimiento. Estuve varios minutos sentado en la esquina recomponiéndome, una postal clásica de las esquinas del barrio cuando aún vivía en él. Ya recuperado, me paré y caminé los metros que faltaban para quedar justo enfrente.
Muchos recuerdos quedaron guardados dentro de esa vieja casa, no estaba seguro de soportar semejante carga emotiva. Pero decidí entrar, tarea difícil, ya que el portón oxidado que da a la vereda olvidó donde dejó su propia llave, ya hace mucho tiempo. Tuve que trepar. En el terreno hay dos casas, una más vieja que la otra: la primera, la más cercana a la entrada, no se veía tan desgastada por fuera, se ve que le dan mantenimiento con frecuencia, aunque ya no haya nada en su interior. En realidad, desde hace mucho tiempo no hay nada adentro, sin importar la gente que vivió ahí. Mi casa es la de atrás, a la que se llega por el pasillo. Está totalmente abandonada; desde que me mude, no fui capaz de regresar y ahí mi mayor error. Me acerqué a la puerta y de mi bolsillo saqué una vieja llave, la llave que me abriría paso a mis recuerdos.
Todo seguía igual, aunque el polvo y las arañas se adueñaron del lugar. Recorrí toda la casa buscando quien sabe qué. Claramente, no encontré nada, o por lo menos eso creía. Fui a mi habitación, también estaba igual.
Nunca creí que los monstruos existieran, hasta que encontré uno debajo de mi cama. Ya estaba viejo, su pelo se había convertido en un campo de canas grises que de a poco se iban marchitando. Su cara triste, llena de arrugas y cicatrices, que reflejan el perpetuo paso del tiempo. Sobrevivió alimentándose de mi soledad, de mi tristeza, de la angustia que me aturdía aquellos días, aquellas noches. Y ahora estaba ahí; oculto debajo de mi cama. Sus ojos fríos y duros se clavaron en los míos, suplicantes. Me había olvidado de aquel amigo imaginario con el que jugaba a las escondidas treinta años atrás. Me había olvidado de mi infancia, del niño que fui. Me había olvidado de la casa de mi abuela, del gato que tuve cuando era más chico. Me había olvidado de todo aquello.
Así que pasamos mucho tiempo, uno frente al otro, hablando de todo el tiempo vivido juntos. Él, oculto en la seguridad de la penumbra, rodeado de zapatillas viejas y juguetes despedazados, y yo buscando un cigarrillo que cayó y rodó para abajo de la mesita de luz. Era el vivo recuerdo de lo que fui, de lo que soy, de lo que oculte en mi memoria.
Me sonrió, perdonando su olvido. En ese momento murió junto a mí, mi fiel y viejo amigo.