La profundidad del campo.
Salí de mi casa con mi termo y el mate, una campera, un libro y no mucho más. Hacía frío. Agarramos la ruta y todo era campo amarillento, había muy poco verde para ser primavera. Los árboles yacían sin sus suaves hojas y la vacas ya no disfrutaban del verde del suelo. Lo amarillo, áspero y seco, era ahora lo que comían esos pobres animales. Los caballos corrían cansados de acá para allá, saltaban también, y relinchaban, y pastaban como las tristes vacas.
De a rato, atravesábamos un pueblo, sin gente, y después campo, hasta llegar a otro, para volver a internarnos en kilómetros y kilómetros del más aburrido y deprimente asfalto, sin autos, rodeado de campo amarillento. La música en el estéreo era lo único que me llevaba a un lugar en el que quería estar, hasta que dejaba de escuchar y volvía. Más bien sentía la música, porque no la entendía. Y las líneas del asfalto que me marean, al igual que el olor del auto y el encierro. Estoy incómodo en este asiento, trato de no volcar el mate en las rotondas que, casualmente, también me marean. Mis rodillas apretadas y mis pies inmóviles, y el cinturón de seguridad que me asfixia. Me encantaría poder salir volando, con mi cabeza, romper el cristal del parabrisas y ser libre. Libre como los teros en el campo. De hecho lo vivo, y me pierdo en la imagen de mi alma volando como un ave en busca de un par de ramas para su nido, o quizás alguna lombriz para alimentar a sus pichones. Cuando veo que se acerca por la calle de tierra, en la cual tengo enterrado mi pico, un auto gris, escarbo un poco más, hasta que está demasiado cerca, y un bocinazo me indica el vuelo y agito mis alas, inútilmente, hasta volver en mí.
Llegamos al pueblo, este un poco más grande que los anteriores. Un oxidado cartel nos da la bienvenida, pero no dice nada. No me hubiera imaginado que el tren llegaría hasta este pueblo tan recóndito. Es más, no me hubiese imaginado que habría una estación ferroviaria. En realidad, había una plataforma, de no más de quince metros, donde en teoría paraba el tren, si es que anda, si es que para.
Dejamos el auto en una vieja casa que parecía estar abandonada hace tiempo. Por suerte teníamos la llave, no tengo idea de dónde la sacamos. Ni bien abrimos la puerta, nos encontramos el cráneo de una cabra colgado en la pared, y tela de araña, y mucho polvo. Estoy seguro de que más de una rata disfruta del lugar y sus viejos muebles. No había electricidad, ni agua. Agarraron las cañas, después de pasar al baño. Yo saqué el libro de mi mochila y caminamos largo rato hasta el río. Anduvimos a pata, sobre las vías, hasta llegar a un puente por donde, en teoría, cruzaba el tren, que también unía las dos orillas. Pase la tarde recorriendo cada renglón de letras vacías, con las palabras más invisibles que leí nunca, mientras las olas llevaban las líneas de tanza de acá para allá. Nunca baje del mirador. Ver las escaleras que arrancan en él y se perdían en el marrón del agua y del barro, amilanó mi falsa valentía. Siempre le temí al agua y su profundidad. El miedo a morir ahogado, incluso estando a más de diez metros del nivel del río, me hizo querer estar en mi casa, en mi cama, y nunca más volver a agarrar la ruta hasta un lugar como este.
Hacía demasiado frío en la sombra y en el sol te asabas. Por lo menos hasta que cayó la noche y cada uno armó y se metió en su carpa. Los animales enloquecieron a los pocos minutos, y sus quejidos me enloquecieron. Las aves gritaban y volaban alrededor de mi carpa, y los caballos corrían en círculos. Escuchaba como el viento movía el agua con cada vez más furia y los peces saltaban y golpeaban las olas, salpicando el agua incluso hasta donde se encontraba mi carpa, diez metros sobre el nivel del río. Por la lona podía ver como la luz de las estrellas se colaba dentro, parecían haber aumentado su intensidad con la misma locura que los animales.
Entre todo ese caos, me pareció escuchar al tren que se acercaba a lo lejos. Salí de la carpa, y sorpresivamente, no había nada. Pero el campo y sus ruidos me seguían atormentando. Corrí hasta el puente con la esperanza de cruzarme al tren. Los pájaros se callaron y las estrellas se apagaron. La luna me miraba desde el cielo. El tren nunca llegó. Me acerqué al borde y miré el agua, estaba calma; el viento la dejó en paz y así consiguió al fin su descanso; sin olas que torturen a los peces, sin peces que salpiquen mi carpa. Sin consultar a la luna salté, esperando despertar. Ha pasado harto tiempo desde que me sumergí en la profundidad marrón del río. De vez en cuando, llegan sonidos desde el borde del puente; una alarma, un llamado, la voz de alguien queriendo que despierte, el pitido del aparato que marca mis signos vitales, un leve sollozo de un alma despierta, un “hasta luego” y una promesa que nunca será cumplida.