La calle vacía.

Escuche el ruido de la puerta siendo golpeada desde el lado de afuera; un golpe, suave, y después otro, paciente. La puerta de chapa negra que da la calle, directamente a la vereda, sin patio delantero o una reja que separe el exterior de lo interno, quedando libre de ser golpeada por quien fuera, a la hora que fuera, con la intención que fuera. 

Suelo desvelarme con facilidad. Hay veces que simplemente el sueño no llega, y otras que duermo, una, dos horas, y me despierto para no volver a dormir en quizás un día entero, a veces más, a veces menos. Recuerdo esa noche y el retumbar del sonido en la puerta haciendo eco en el silencio de la noche en la ciudad dormida. Recuerdo estar leyendo, recostado ya en la cama, esperando que el sueño se apodere de mí, si es que aparecía. Recuerdo el vaso vacío que yacía sobre la mesita de luz, esperando a ser rellenado de algún líquido amarillento, o tal vez transparente; no me importaba mucho el color, ni si era barato. El alcohol y el tabaco solían ser mis únicos compañeros, fieles e incondicionales, en las noches donde la penumbra proyecta ante mis ojos somnolientos, mis más adormecidas miserias. Esa noche, cansado de esperar, de pensar, de sufrir, cansado de repensar, a altas horas de la madrugada, siento como mi corazón disminuye su latir, mis ojos que lentamente se sienten cada vez más cansados, mi cuerpo intentando ser uno con el colchón y las frazadas; en ese preciso momento de paz y armonía, los golpes en la puerta interrumpieron mi casi sueño, que no volvió a aparecer ese día. ¿Quién golpearía la puerta pasadas las doce de la noche, un lunes de octubre, quizás el primer lunes del mes, siendo día laboral, el primero de la semana, el primero en el que estoy sin laburo? Quien haya sido no me importaba, o por lo menos no del todo, el porqué de llamar a esa hora era lo que atormentaba mi mente, ahora despierta, tan despierta que no parecía la mente de una persona a las tres y diez de la madrugada, un lunes, día laboral. 

No me quedo otra que levantarme. Busque, en la silla donde dejo la ropa, sucia y limpia, desordenada y sin doblar, un pantalón y un par de medias. Tarde unos segundos más en encontrar mis zapatillas que revoleé por algún rincón recóndito de mi pieza, que en la oscuridad no se veía. Así que como pude, tuve que prender la luz para verlas y encontrarlas. Mis ojos adormecidos quedaron ciegos, uno o dos segundos, al ser penetrados por la luz blanca, fría, parecida a la de los hospitales, que puse en mi pieza cuando se me quemo la otra, amarillenta y cálida, que me venía mejor cuando leía, también, en las noches de insomnio, como esa y otras tantas noches sin sueño.

Deje entornada la puerta de mi pieza para no tener que prender las demás luces. No quería que quien este afuera pueda ver por la ventana lo que hacía yo adentro de mi casa. A través de las cortinas, no vería más que una sombra, alta y con el pelo largo, moverse, de acá para allá, sin saber qué hacer, asustada, pero el hecho de pensar que alguien podía observarme desde afuera, me hacía sentir indefenso dentro de mi propia casa, así que deje que la oscuridad me protegiera.

Me acerqué a la puerta y pegué mi oreja derecha al frío de la chapa negra para intentar escuchar si quien golpeo aún seguía ahí afuera, esperando, bajo el frío paciente. No escuche nada. Pregunte en voz baja si había alguien, y tampoco tuve respuesta. Tuve la insistente necesidad de abrir la puerta y enfrentarme con quien se encontrara del lado de afuera. Así que cautelosamente agarre la llave, que esperaba también dormida sobre la mesa. Intente hacer el menor ruido posible. La metí en la cerradura y giré con suavidad hasta que se destrabó. Baje el picaporte y la puerta cedió lentamente, y como si el viento susurrara, desde la vereda, alguien me deseo un feliz cumpleaños; Me quedé congelado en ese preciso instante, teniendo simplemente ante mis ojos, ahora despiertos y en pena, la calle vacía.